Libertas perfundet omnia luce: «la libertad ilumina todas las cosas con su luz». El lema de la Universidad de Barcelona (UB) es toda una declaración de principios sobre el rol que la universidad debe desempeñar en la sociedad. Hace unas semanas tuve el honor de asumir la Presidencia del Consejo Social de la UB y, en el acto de toma de posesión con la Consellera de Investigación y Universidades de la Generalitat de Catalunya, Núria Montserrat, y el rector, Joan Guàrdia, destaqué esta idea: la universidad no es solo un espacio de transmisión de conocimiento, sino un faro de pensamiento crítico, innovación y cohesión social.

La Universidad no puede vivir aislada y esta es precisamente la razón de ser del Consejo Social: garantizar que esté plenamente conectada con la sociedad a la que sirve.

Si algo he aprendido a lo largo de mi vida profesional es que el talento es la capacidad de seguir aprendiendo. Lo que marca la diferencia no es cuánto sabemos, sino cuánto estamos dispuestos a aprender. La digitalización, la inteligencia artificial, la transición energética y los nuevos modelos industriales están transformando nuestro mundo a una enorme velocidad.

Este cambio acelerado también se traslada a cómo formamos a los profesionales del futuro. La universidad tiene hoy la oportunidad, y la responsabilidad, de adaptar de manera constante sus programas, ofrecer itinerarios más flexibles y apostar sin reservas por la formación continua: lo que en la empresa llamamos lifelong learning.

Esta formación continua que demanda el mercado laboral está creciendo con fuerza y España se sitúa por encima de la media europea: en 2025 el 15,8% de la población española entre 25 y 64 años participó en actividades formativas, frente al 13,5% de la Unión, según los últimos datos del Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes.

La colaboración entre universidad, empresa y sociedad es clave para diseñar una formación que dé respuesta a los grandes retos de nuestro tiempo. Quienes trabajamos en el sector de la energía sabemos bien hasta qué punto el mundo cambia deprisa, impulsado por transformaciones como la transición energética, y también por crisis geopolíticas capaces de alterar, de un día para otro, la estabilidad de los mercados.

La guerra de Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han vuelto a poner de relieve la necesidad de que Europa acelere su apuesta por recursos renovables y autóctonos como el hidrógeno verde: una homegrown energy que refuerce la autonomía estratégica, reduzca vulnerabilidades y consolide un modelo energético basado en la sostenibilidad.

Esta transformación tiene a las personas como protagonistas. Las empresas necesitamos profesionales con nuevas capacidades, las llamadas green skills: competencias técnicas vinculadas a las energías renovables y habilidades transversales para trabajar en entornos complejos, colaborativos y altamente tecnológicos y digitales.

En Enagás estamos comprometidos con esta visión. Por ello impulsamos la Universidad Corporativa de Enagás (UCE), que cumple ahora su primer año y que en 2025 impartió más de 92.000 horas de formación a más de 1.200 profesionales. Es un punto de encuentro estratégico con el ecosistema académico y otras entidades de conocimiento técnico como el Observatorio Tecnológico del Hidrógeno.

España está ante la oportunidad histórica de liderar la descarbonización en Europa, desarrollar industrias verdes y crear hasta 449.000 empleos vinculados a la transición energética de aquí a 2040, según un estudio de Randstad Research. Ese potencial se materializa cuando universidad y empresa cooperan: alineando currículos con las necesidades reales del tejido productivo, promoviendo la investigación aplicada y facilitando la empleabilidad.

En definitiva, la universidad debe ser un espacio de anticipación estratégica. Abordo el reto de presidir el Consejo Social de una institución con 575 años de historia y prestigio como la Universidad de Barcelona con la convicción y el compromiso de reforzar aún más su papel como motor de progreso.